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Por el camino de los Incas

Por Patricia Losada / Revista Kóoch Nº 4 (Todos los derechos reservados).

Montañismo:
Volcán Llullaillaco (6.739 mts.)

La figura del Llullaillaco se levanta soberbia sobre el resto de las montañas de la cordillera del noroeste argentino. El volcán sagrado de los Incas, como lo llaman, guarda historias y leyendas precolombinas, algunas conocidas y otras que quedarán atrapadas para siempre en sus entrañas. Esta mole de 6.739 metros de altura, enclavada en pleno desierto de Atacama, está considerada el santuario más alto del imperio Inca. Y así como sedujo a aquellos habitantes primitivos de estas tierras, hoy sigue siendo un desafío para los montañistas que ven en él, no sólo una meta deportiva, sino un verdadero encuentro con la cultura de los primeros hombres del planeta en ascender montañas: los Incas.
“Eran escaladores místicos, son los verdaderos antecesores del andinismo, los pioneros,   los primeros en ascender cumbres de tanta altura. No se registra en otras culturas ascensos humanos a las montañas. En Nepal por ejemplo eran sagradas y subirlas era como perturbar a los dioses”, explica Damián Redmond, uno de los integrantes del grupo de escaladores que subió, recientemente, hasta la cima del Llullaillaco. La expedición estuvo integrada además por Jorge Vaglienti, Juan Laborde, Dominique Zelus, Christian Vitry y Pedro Lamas.
Sin dudas uno de los  hallazgos arqueológicos que resignificó el lugar, fueron las momias de tres niños sacrificados y enterrados con sus ajuares, encontradas en 1999 en la cumbre del volcán, por arqueólogos argentinos con el apoyo de la National Geographic.
Para el arqueólogo Christian Vitry, este hecho ayudó a entender mejor el contexto de los rituales que se realizaban en los cerros hace 500 años y más. Según la creencia Inca, los niños ofrendados no morían, sino que se reunían con sus antepasados, quienes observaban las aldeas desde las cumbres de las altas montañas.
Recuerda aún sorprendido, la emoción que le significó, adentrarse en el Llullaillaco. “Fui por primera vez a este volcán cuando tenía 14 años. Sabía ya de sus ruinas y “misterios” y sin embargo al estar allí quedé impresionado por todo lo observado. Tal fue la impresión que tuve del sitio arqueológico que las tres últimas fotos que tenía en la cámara, las utilicé para las ruinas que están a escasos metros de la cima, olvidándome por completo de la clásica foto de cumbre”.

volcan Llullaillaco
restos incaicos
Balcón Sur
La Ruta

Los especialistas destacan, además del valor histórico que concentra la zona montañosa, otros atractivos que se suman a la hora de elegir este reto, como su paisaje desolado, su estado virgen, las dificultades para acceder y la curiosidad por explorar esta zona argentina.
“El lugar es muy inaccesible, no existe una infraestructura similar por ejemplo a la que se encuentra en el Aconcagua o en la Patagonia. Se necesitan provisiones de agua, vehículos especiales, en realidad es una montaña que no es fácil de acceder. El último poblado está a 300 kilómetros de distancia, las temperaturas son muy bajas y cuesta aclimatarse ya que la zona de la puna es muy seca y la altura realmente se siente”, advierten los escaladores.
Pero no sólo la naturaleza le da forma al paisaje. Quienes se acercan al lugar deben saber que esta en región aún existen campos minados en la frontera con Chile. Por eso fue de gran ayuda, el aporte que realizó Pedro Lamas, suboficial del Ejército,  y personal de gendarmería nacional, que guiaron y brindaron información a la expedición en este sentido.
“Subir un volcán es diferente porque tiene detritos, como un polvo muy fino que es residuo de lo que escupe el volcán, y que hace difícil el ascenso. Es como que uno avanza dos pasos pero bajas uno y así. Tampoco hay huella, es decir que se tiene que ir definiendo el camino”, señala Redmond y aclara que eligieron la ruta que delinearon los incas, algo que los ayudó a subir con mayor facilidad.
A medida que fueron avanzando, se encontraron con el camino demarcado con ramas de polilepys australis  y tambos, las construcciones incaicas de piedra que se utilizaban como habitaciones, ubicadas a 4.900 metros, a 5.600, a 6.300 y la última en la cumbre a 6700 msnm.
Fue entonces ir descubriendo paulatinamente una forma de vida que hasta hoy despierta interrogantes: ¿Cómo hacían para soportar temperaturas tan bajas sin la indumentaria adecuada?, ¿Qué hacían para no perder el calor del cuerpo? Quizás trabajaban en el ascenso un montón de gente y sólo accedían a la cumbre los sacerdotes y los niños que eran hijos de nobles.
“Uno cierra los ojos y dice, bueno acá vivían, a 6700 metros de altura. Allá arriba, en el medio de la nada imaginas la vida de los incas y te surgen muchas preguntas. Incluso hoy en los alrededores, vive gente en un ranchito con sus llamas, sus perros y tal vez subsisten de la misma manera que los incas y eso te llama la atención”, reflexiona el montañista.
“El Llullaillaco es una gran montaña en todo sentido, su inmensidad en medio del desierto es sobrecogedora. No es raro que los incas la hayan elegido y valorado como lo hicieron. Para los montañistas siempre será un objetivo interesante y para quienes se dediquen al estudio de los adoratorios de altura de los incas será lo máximo. Toda esta conjunción entre lo material, lo simbólico y lo personal hacen que este volcán deje de ser una montaña común, una más de la cordillera”, sintetiza Chritian Vitry.

Camino
Blacón Sur
Balcón Norte
Las montañas andinas

Especialmente desde el Perú hasta Mendoza, poseen un valor agregado gran importancia para la humanidad. No solo fueron consideradas sagradas como muchas en el mundo, sino que fueron ascendidas y en ellas se realizaron construcciones y ofrendas.
Las montañas como objetos de culto no es un fenómeno particular de los Andes. Por ejemplo, en el año 1519 Hernán Cortez, con el afán de impresionar a los aztecas ordenó a sus soldados que conquistaran la cima del volcán sagrado del imperio, el Popocatepetl de 5432 metros.
En la actualidad, el volcán Llullaillaco forma parte del proyecto Qhapaq Ñan – Camino Principal Andino, que busca declararlo Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO, junto a bienes relacionados a los caminos incas y otros caminos arqueológicos de cinco países (Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile) En Argentina son siete las provincias que participan (Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, la Rioja, San Juan y Mendoza). De esta manera el Llullaillaco, una de las montañas más altas de América, se integrará a la lista del Patrimonio Mundial.

Volcán Tuzgle
Volcán Llullaillaco
Corodn montañoso
 
 
Llullaillaco suena a lejano...

Por Juan M. Laborde - Dominique Zelus / Revista 501 m.s.n.m. (Todos los derechos reservados)

Llullaillaco suena a lejano, perdido en la nada como aquellos lugares de los cuentos de García Márquez; más aún cuando nos encontramos invariablemente lejos de los demás. En lo personal, el mensaje de texto con la invitación de Jorge llegó en un camino de tierra cerca de Zapala, con mi hija de 11 meses en el asiento trasero del auto. La miré como pidiéndole permiso y su sonrisa lo dijo todo…
Jorge es así, no sabe dónde estás ni que etapa de la vida estás atravesando, simplemente te invita con la única mención del nombre. Lo demás, los preparativos y equipamiento ya están planificados y resueltos en su mente. Es una persona que cuando se le ocurre algo entra en un proceso de positivismo y garra hasta el final.
En los días que siguieron, desde La Plata escribí a todos para obtener más información. Damián contestaba muy esporádicamente con texto tipo telegrama, Jorge con monosílabos, así que terminamos con Dominique (la única dispuesta a escribir más de un reglón) resolviendo o adivinando las cuestiones y dudas de la expedición: ¿Quienes van? ¿Cuantos días? ¿Que nos falta?. Rescato una frase premonitoria de mi amiga, escrita en uno de sus mail: “al final terminaremos siendo los mismos de siempre, mirándonos la cara mientras pelamos cebollas.”
Dos meses después, la ciudad de Salta nos reunió nuevamente. El tiempo pasa, pero hay gente que a pesar de ello no cambia de aspecto ni de costumbres. Vaya uno a saber si por destino o cábala, pero Dominique llegó de nuevo pálida, ensuciando el ómnibus debido al mareo y descompostura que le produjo el viaje; Jorge parco como si hubiese compartido con uno toda la semana anterior y Damián a los abrazos pero rezongando, pues siempre hay un motivo. 
Cerveza negra de por medio, nos ponernos al día, y luego taxi al hotel Continental.
El tiempo que permanecimos en la capital se repartió en caminar por la ciudad, conocer sus lugares típicos, acordar encuentros con el resto de los integrantes de la expedición Pedro Lamas y Christian Vitry, luego la entrevista con Mirta Santoni, directora del Museo Antropológico, quien nos recibió calidamente en su oficina. Mientras, Damián comenzaba a filmar, y así seguiría hasta el final de la expedición. Dice que no le gusta hacerlo, pero tiene buen ojo para el oficio.

Encuentro
Captando imagenes
Museo

Mencionar el volcán

Aún en Salta y más tarde incluso en San Antonio de los Cobres, no era suficiente para acercarlo. Seguía siendo un lugar remoto y expuesto a condiciones climáticas atemorizantes: es la cantinela que se escucha de mucha gente con quién hablamos. Y los niños incas hallados en su cumbre parecían un tema prohibido por momentos. Algunos sienten orgullo, otros no, y pocos quieren hablar de eso. Es algo simple de entender en una ciudad de marcado contraste social, como muchas en nuestro país. Hace pocos años Eduardo Galeano denunciaba en uno de sus libros una navidad en la que la catedral de Salta se quedó sin pesebre; lo retiraron, debido a las quejas por sacrilegio y amenazas de incendio ya que las figuras sagradas tenían rasgos y ropas indígenas…
Dos días después estábamos en camino a San Antonio de Los Cobres a través de la Quebrada del Toro, donde la vegetación que cubre la región se va extinguiendo en cobertura y diversidad. A medida que las horas pasaban, ascendíamos. El frío, la falta de agua, los pajonales y cactus Pasakán (Trichocereus pasacana) se iban adueñando del paisaje rocoso junto a la luz de una luna llena que con la caída del sol se escurría por las montañas.
El Quebradeño no es sólo un ómnibus, es un transporte a otro tiempo y otra cultura. Las distancias se acortan, los lazos familiares se mantienen, los niños acceden a la educación escolar, y las ventas ocurren a través del trueque entre lugareños y turistas mezclando vestimenta, dialectos y costumbres, donde la sonrisa fácil y los ojos azules de Dominique llamaban más la atención que los caramelos que convidaba a los niños.
San Antonio de los Cobres o “Sanánto” (como lo llaman allí) es un pueblo bastante tranquilo, de casas simples donde abundan los matices marrones, negros y grises; pero creo que un toque de colores alegres la harían más bonita. Su gente es muy servicial. Abundan los niños de mirada curiosa, que con confianza se reunían alrededor nuestro cuando escribíamos en el Cíber.
- De la escuela vienen aquí y pasan el tiempo con los jueguitos de guerra hasta que se les acaban las monedas- comenta el dueño del local. Yo recordé esa frase que dice “Internet informa pero no forma”.
Uno de los niños me preguntó de donde era.
-De lejos –le dije.- De una ciudad cerca de un río grande, pero cuando era chico como vos vivía cerca del mar. 
–¿Y porqué estas acá?  
–Porque ahora, de grande, me gusta la montaña

Pedro es un típico poblador de la región

Parece que lo moldearon con los elementos del lugar y le dieron vida. Abierto, de hablar sincero y carente de ego. Además de sumarse a la expedición, nos brindó alojamiento, mucha información del objetivo que perseguíamos y de otras montañas, como el caso del Volcán Tuzgle que ascendimos los cuatro para mejorar la aclimatación, probar equipo y ver como funcionaba el grupo. Como siempre: Damián y Jorge dirigen, Dominique y yo asienten…
De regreso en Sanánto realizamos los últimos arreglos y compras para continuar hacia la cordillera. Gendarmería nos cedió el traslado al Volcán en un camión que se dirigía hacia el puesto fronterizo en Socompa. Por esos días nos enteramos que Christian Vitry no podrá subir con nosotros.
La idea era ir hasta Tolar Grande, pernoctar una noche en el refugio franco argentino y luego continuar hasta las laderas del Llullaillaco donde estableceríamos el campamento base. La mañana amaneció muy fría y a lo lejos se veían las cumbres con nieve nueva de la noche anterior.
El camión avanzaba perdiéndose en esa inmensidad de cerros y salares. Por momentos un grupo de vicuñas (Lama vicugna) rompía esa monotonía inanimada. Cristian y Severino, los gendarmes, tenían dudas sobre el clima, ya que quedarse varado en esos lugares cuando el frío aprieta no es nada agradable. Todo queda lejos a pie y el relato y la tumba del holandés congelado que encontraron junto a su equipaje muchos años atrás, no dejaban dudas de la rigurosidad.

Un viento fuerte...

y frío nos recibió en la cara sureste del volcán donde decidimos armar el campamento. Al día siguiente realizamos una larga caminata hacia el hito fronterizo donde fue posible divisar las estacas que señalan las minas, aún activas, colocadas por Chile durante el conflicto fronterizo en 1978.
La vista sureste del Volcán es la más impactante, y bonita de fotografiar, sumado al hecho que la nieve cubría gran parte del mismo, producto de las nevadas recientes.
Algunos problemas mecánicos con el camión y el mal clima llevaron a la decisión de retornar a Tolar. La perspectiva de quedar sin medio de transporte en este lugar tan aislado, nos convence de que no hay otra solución. Desarmamos el campamento de manera apresurada y un poco desordenada, porque la noche está por llegar. Por desgracia a poco tiempo de la partida, en una pendiente pronunciada, notamos que el camión no avanza, así que descendimos del mismo, ya noche cerrada, con un cielo estrellado, límpido y un frió tremendo. El combustible se había transformado en unos cuantos bloques de hielo.
En un instante se tomaron decisiones. Fueron encendiéndose calentadores a gas, a bencina, para poder descongelar el combustible. En la desesperación de no quedar varados en este lugar tan inhóspito, se echaron unos pedazos de madera acumulados en el camión al medio de las llamas. Hierbas arrancadas al suelo congelado, todo fue bueno para quemar. ¡Hasta el colchón de uno de los gendarmes!!!!
El tanque con casi 50 litros, se fue descongelado, (Damián, sí, lograste la meta), pero el camión no arrancó. Decepción en la tropa: eso quería decir que pasaríamos la noche a la intemperie, con el camión parado en medio de una salina, a 200km del primer pueblo.
La verdad, nos echamos sin mucho ceremonial en la caja del camión. La noche no fue muy agradable, el frió se hacia sentir en el piso metálico y a través las lonas, pero a la mañana siguiente, todavía en nuestros sueños, nos despertó el ruido del camión en marcha.
Cristian, el chofer había encontrado la solución sacándole el filtro. Sonrisa, alivio, y en unos minutos estábamos de vuelta en el camino, sin poder creer lo que había pasado.  
Mirado desde atrás de un camión, entre las lonas, se apreciaba el volcán, con una capa de nieve fresca, sinceramente muy bonito. Pero hacía sentir la decepción, tema que no hablábamos por el momento. Teníamos que volver a Tolar, y sin vehículo en condiciones, ninguna aproximación sería posible. En otras palabras: se terminaba la expedición.
En esa vuelta morosa, paramos en “La Casualidad”, pueblo donde nació Pedro. En su casa familiar, vacía de su contenido, comimos y bebimos escuchando sus relatos de niño, cuando jugaba en estas calles. En la gran época de las explotaciones mineras de la región, llego a albergar hasta 3000 personas. Hoy es un pueblo fantasma. Quedan las estructuras vacías de las casas, muros derrumbados, mineral esparcido, los edificios sin techo, pilas de bolsas de azufre reventadas. Visión surrealista, la mirada atrapa objetos familiares dispersados, destruidos por el viento, por el tiempo y el olvido. Recuerdos de una vida pasada, de niños corriendo detrás de una pelota y de las campanas de la iglesia los domingos, o del vaivén de los camiones que salían cargados. Hoy solo queda el viento y nosotros, un poco heridos por el intento fallido del Llullaillaco. Hay pocas palabras, lo de afuera solamente refuerza lo de adentro.

Quebradeño
Descongelando
La Casualidad

No darse por vencido

Jorge nunca se da por vencido. De vuelta en Tolar, salió enseguida en la búsqueda de otro medio de transporte. ¡Y lo consiguió! El día siguiente partíamos nuevamente por el campamento base del volcán; esta vez íbamos a intentar la aproximación por la cara norte. Instalamos el campamento base a 4.900 msnm y nos pusimos rápidamente a cubierto. Esa noche cenamos un guiso de lentejas con peceto, donde Jorge demostró una vez más que es un excelente gourmet de alta montaña, como me gusta llamarlo. Y nosotros le hicimos honor como comensales.
El día siguiente se realizo el porteo al campamento de altura, a los 5900msnm, y regreso al campamento base. En los relatos de las expediciones anteriores aparece la opción de realizar dos campamentos de altura, uno a 5900msnm y otro a 6300msnm; pero decidimos realizar el asalto a la cumbre a partir de los 5900msnm. El día del porteo fue largo, la caminata en acarreo dificulta bastante la progresión. Volvimos al abrigo de la carpa cansados y un poco desanimados, las condiciones climáticas y el terreno son difíciles.
Nuevo día. Nos organizamos y dejamos comida, carpa y un poco de materiales sujetos bajo unas piedras. Ese mismo día llegó un grupo cordobés, gente amistosa por naturaleza, con un equipo y envidiable provisión de comida y bebida, que nos hacia sentir los carenciados del Llullaillaco.
La posterior fue otra jornada de subida, idéntica a la anterior: larga. Pero el tiempo cambió, hizo más frió y se levantó bastante viento. Cruzamos un primer tambo inca, uno de los cuantos que cruzaremos a lo largo del ascenso. La arquitectura será siempre igual, pero se reproducirá la misma emoción cada vez. Vestigios de los pasos que dejaron los incas en esta región, en sus montañas y volcanes más altos. Las construcciones siempre tienen en la base una capa de piedras de pequeño tamaño, y después hacia arriba se organizan, se alternan y se juntan perfectamente piedras de tamaño mayor. La puerta es perfecta y tan estrecha que nos cuesta pasarla, pero no deja de ser a la vez una invitación al interior de la pirca y la imaginación. Todas parecen tener el mismo diámetro, como una reproducción idéntica a lo largo de los flancos del Volcán junto a unas ramas torcidas de Queñoa (Polylepis tomentella), deformadas por el tiempo y la intemperie, pero que apuntan a la cumbre y nos indican el camino acompañándonos a lo largo de la subida.

Campamento 1, a 5.900 msnm

El día siguiente de nuestra llegada al campamento 1, se presentó muy frío y ventoso, por lo cual decidimos postergar el ascenso final a la cumbre. Nos movimos poco, solo recorrimos los alrededores del campamento, ordenamos la carpa. Por momentos el único lugar agradable fue la bolsa de dormir. Derretir nieve, tomar mate, té, amargo serrano, jugo, sopa. Dentro de la carpa en altura, uno parece un sapo: vive para hidratarse. Día de espera, de sueño, de ocio. Es una pregunta recurrente cuando uno vuelve, y otros preguntan: ¿que hicieron todo el día prisioneros de la carpa?. En realidad es una oportunidad increíble, un día completo de tranquilidad, de reflexión interna, aún en la incomodidad que ofrecen esos pocos metros cuadrados para cuatro personas. No es la primera expedición como grupo, y nos conocemos bastante para superar la promiscuidad y respetar la intimidad de cada uno. Los temas de discusiones se suceden, y no son muy diferentes de los que unen a cuatro personas en la llanura.
A la noche aparecieron nubes amenazantes en el cielo, envolviendo la cima del volcán. Mal presagio.
Es temprano, aún de noche. Damián abre el cierre de la carpa y luego nos habla. 
– Está estrellado. Bueno, ¿qué quieren hacer?
- ¡Para esto vinimos!- dice Jorge poco convencido, ya que afuera hace mucho frío y el calor de la bolsa esta muy agradable. El resto, silencio. Así pasan algunos minutos. Luego Damián, preparando lo que podría llamarse el desayuno, con la resignación de quién realiza esa tarea desde hace mucho tiempo, comenta: 
– Esta es la parte más difícil, levantarse, prender los calentadores, tomar algo, comer lo que se puede, juntar unos caramelos, unas galletitas para la caminata, vestirse con todo el equipo y salir afuera y recibir la noche, sentirla, palparla. Es solo la oscuridad, cielo estrellado, silencio, frío. Hay que ponerse las botas heladas, encender las linternas, y empezar a caminar, dejando atrás la protección de la carpa. Pero de golpe se empieza solo a arreglar el paso sobre el paso del otro, y subir, y si es posible hasta lo mas alto. Pasan las horas, levantás la vista, ves que está amaneciendo, te sentís mejor y continuas más animado. Desayunamos y pienso que eso es la vida, lo que me gusta hacer. Pero esos primeros momentos son una parte jodida del asunto.

Huellas Incas
Campamento
Espera

La montaña y el grupo te enseñan muchas cosas...

Nadie va hacer lo que vos tenés que hacer, nadie te viste, nadie te lleva el equipo, el agua, el abrigo. Y sobre todo, nadie te lleva para arriba. Damián que me dice que soy lento, pero en realidad lo mío es parsimonia. 
Falta el aire, cuesta recuperarse y a cada paso el piso suelto de roca volcánica se desplaza ladera abajo, o el pie se entierra en la nieve hasta la rodilla y todo te dice que estas cansado, que abandonés, que no tiene sentido seguir. Pero delante ves a tu compañero que sigue y entonces caminas hacia arriba tras sus huellas.
Encontramos nuevos vestigios de los Incas durante el camino hacia la cumbre y parece que uno viaja al pasado. Se genera una sensación colectiva de respeto al lugar, por aquello que representó y hoy persiste. Se avanza como pidiendo permiso en cada paso, cada uno a su ritmo. Así pasan las horas. A la cabeza va Damián, mientras Jorge se queda unos doscientos metros más abajo, sentado. No nos mira, mira la inmensidad. Y decide volverse.
Al final después de varias horas de pendiente a 45 grados, arribamos a los 6200msmn y a un cambio de pendiente que nos posiciona en un faldeo. Desde allí podemos acceder a una canaleta de piedras mayores muy sueltas. La marcha es lenta y nos coloca sobre otro canal del norte, con hielo verglass y nieve suelta. Después, por fin se levanta la cumbre: pilas de piedras erigidas como una pared, como las paredes de las pircas que cruzamos a lo largo del camino, pero mucho más alta. Falta muy poco y la verdad, en este momento preciso, no se piensa mucho; sólo en sacarse los grampones y clavarlos en la nieve, al igual que los bastones. Y subir entonces entre las piedras, que son grandes y ofrecen bastante seguridad, pues no se mueven.
Allí en la cima estaba todo, las pircas, maderas inalteradas y uno se imagina como habrá sido el ritual a esa altura, en aquella época, con los precarios abrigos y elementos que poseían los Incas. Del lado chileno, el cráter del volcán es un desplomo alucinante; con el viento no da muchas ganas de acercarse. Del lado norte, en el horizonte, se ven volcanes y salinas como mares sin olas. La cumbre es como llegar a la tierra prometida, la culminación del esfuerzo, de la lucha interior. Sencillamente, uno no puede hacer otra cosa que emocionarse hasta llorar, porque sabe que llegó hasta donde no sabía si llegaba. Abrazos y fotos entre compañeros y empezamos a bajar.
Encontramos a Jorge en el campamento con un té caliente. Hay luz aún, hay buen tiempo, pero decidimos pasar la noche a 5900m y bajar con toda tranquilidad el día siguiente. Otra noche fría en altura, pero con el cansancio dormiremos sin problema.
El día siguiente levantamos el campamento, y bajamos hasta el base, donde nos espera la camioneta de gendarmería. Volvimos a encontrarnos con el grupo de Cordobeses. Nos saludan, nos ofrecen comida, bebida para darnos animo, y subimos a la camioneta.
Estamos en el momento donde hay felicidad; la de haber logrado la meta. Pero cuesta darse cuenta, expresarlo. Empieza un largo, cansador y polvoriento camino de regreso hasta San Antonio de los Cobres y de allí a Salta, donde un mediodía de pizza y cerveza de estación nos deja poco tiempo para charlar, para despedirnos, porque salen los ómnibus de regreso.
Juan llegó a La Plata, donde lo esperaba su hija, un poco asustada por su cara demasiada barbuda. Dominique tiro la mochila llena de polvo bajo el escritorio y empezó su trabajo en el laboratorio. Damián, al día siguiente, casi pierde el ómnibus para Mendoza.
Jorge sin duda ya estaba soñando otro escenario, otro desafío, otro lugar para encontrarnos.

Hacia la Cumbre
Ascendiendo
Cumbre